martes, 17 de octubre de 2006

.SeguiréSoñando.

Era tarde. Comenzaba ya a descender el sol cuando cayó en la cuenta de que no habría marcha atrás. Fue entonces, supongo, cuando debió pararse a pensar, a recordar, todo lo acontecido en los últimos días, meses...años. Aquella semana fue muy dura para ella, todo parecía torcerse en el momento menos oportuno, pero su mente alcanzó a recordar que no era la primera vez. Los últimos meses fueron díficiles. Todo se desmoronaba ante sus ojos, cansados ya de no hacer nada a derechas. Pero ya está. Ahí quedaba todo. Sus recuerdos se nublaban al tratar de retroceder más que los últimos seis meses. ¿Era posible que no fuera capaz de recordar ni siquiera un año atrás?¿Cómo puede alguien olvidar su propia vida? Entonces, entre tal confusión y desconcierto apareció.
Flotando sobre su turbia mente un recuerdo, no supo de cuando, no supo de quién... difuminadamente se advertía una silueta masculina de pié apoyada a un roble. Eso sí le sonaba. El viejo roble de la casa de la abuela. Efectivamente, la imagen se hacía más clara conforme iba recordando los detalles del lugar. En la parte trasera del enorme caserón, se podía contemplar desde el porche la misma panorámica: el césped, con el fino rocío matinal, despuntando en finos reflejos plateados, acabando en el pequeño estanque repleto de carpas y con los nenúfares en flor; de fondo las colinas y prados verdes, sórdidos, vellos y únicos...y a la derecha, el viejo roble en todo su esplendor. Y junto a él...aquella figura impávida, casi inerte, permanecía en plena quietud y silencio, contemplando el reflejo de las sedosas nubes en las aguas del estanque. Mas no estaba solo. Alguien revoloteaba por el lugar. Sus carcajadas resonaban en todo el valle, sus brincos crispaban la fina hierva del jardín. Entonces se vió, como años atrás, una niña inocente llena de sueños e ilusiones que crecían en su interior jugaba con el San Bernardo blanco de la abuela, Rupert, viejo pero animado. Así era ella. Sonríente y sin temores. Así le gustaría volver a ser. La pequeña se acercó a aquel hombre, con su sonrisa nevada y sus mejillas color amapola. Entonces él se dió la vuelta. En su rostro se veía reflejada la tristeza, un llanto profundo pero silencioso brotaba de todos sus poros, dejando ver lo vulnerable de la persona. En él, al fin, reconoció a su padre. Ya apenas recordaba su rostro. Se estremeció. Una fina y helada lágrima cayó por sus mejillas, al recordar aquel instante, la última vez que vería a su padre, el momento que la hizo crecer para abandonar a la niña soñadora que fue, por la joven melancólica y desolada que era.
Ya no quiso recordar más. Había pasado por todo tipo de penurias desde aquel bonito pero triste día de invierno, mas aún así era incapaz de enfrentarse al recuerdo de su peor mal y más sentido lamento. No podía, no se atrevía a recordar a su padre. Sentía que lo había defraudado. La quiso más que a su propia vida, siempre que la tuvo, y aún así fue incapaz de conservar su recuerdo tal y como lo merecía. Hechó la vista al aire, no entendía como fue capaz de llegar a esos extremos. Estaba sola, una vez más, no tenía a nadie a quien recurrir. Ya sólo le quedaban sus frías lágrimas acompañadas por el lamento de una corta vida desperdiciada.
-Eres una cría...sigues siendo una cría...-se dijo antes de romper en un llanto que parecía no tener fin.

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