lunes, 29 de octubre de 2007

Encuentros bajo la lluvia




Bajo la lluvia, en el rincón más olvidado de aquel viejo parque, la encontré sola, estallando en mil sollozos solitarios, encogiendo todo su esplendor en el extremo de un banco desgastado por el paso del tiempo. La observé detenidamente, miré hacia todos lados esperando encontrar a alguien que respondiera por esa pequeña e indefensa criatura de la naturaleza. Nadie había por allí, nadie más bajo la lluvia aparte de ella. Nadie excepto yo. Y me senté. Dejé caer todo mi peso en aquel banco, haciendo resonar sus viejos baldes de madera semi carcomida sin dejar de observar el esplendor de su belleza. No hicieron falta palabras, su aspecto deteriorado lo decía todo. Estaba mustia, pálida y triste, pero seguía rezumando ese precioso aroma embelesador que perfumaba la atmósfera con ese carácter dulzón. Las diminutas gotas de la fina lluvia de abril la golpeaban suavemente sin cesar, sin conseguir que su frescor y humedad hicieran mella en ella. Estaba sola, aburrida, triste, desolada, abandonada, pero no muerta. Su belleza, su pureza, estaba intacta, su aroma permanecía aún después de haber pasado horas bajo la lluvia, a pesar del olor a tierra mojada y las inclemencias de un tiempo inestable. Mientras la observaba completamente maravillado por tal imagen, no paraba de preguntarme qué hacía allí, sola, quién la habría abandonado y por qué. Era irónico, siempre preocupándome por las más sórdidas catástrofes mundiales para que, en ese momento, se me ocupara absolutamente la conciencia pensando en ese pequeño ser vivo que pronto dejaría de serlo. La cogí delicadamente con las yemas de mis dedos y aspiré profundamente su perfume acercándola a mi cara. Luego la miré con ojos de tierno enamorado y sentí como una tristeza me invadía por dentro. Ella, reina de reinas, la flor más bonita de toda la creación, el perfume más encandilador del mundo, acompañante de infinitas historias de amor y amistad, diamante que adorna de los jardines más hermosos que se puedan imaginar, se veía ahora reducida a cuatro pétalos mustios unidos débilmente a un tallo escuálido de tristes hojas roídas. Recordé cual fue la última vez que me encontré con una flor como aquella, tan perfecta y hermosa. Recordé que la última vez que tuve una de ellas en mis manos fue en aquel mismo parque, entre aquellos arbustos tan bien podados, con enormes charcos entre las piedras de los caminos salpicados con bancos viejos y carcomidos. Y recordé también, que en aquella ocasión la rosa acabó en el suelo encharcado, bajo la lluvia, y allí la dejé. Supongo que fue por esa razón por la que decidí dejar a aquella preciosa flor blanca en el mismo sitio dónde la encontré, lidiando contra el tiempo y el olvido de unas manos inclementes que la abandonaron a su suerte en el rincón más olvidado de aquel viejo y obsoleto parque.
||_†τåммч†_||


sábado, 13 de octubre de 2007

Miedo a las alturas

Miedo. Todos sabemos lo que es. Esa inquietante sensación que te recorre todo el cuerpo, que te hiela la sangre en cuestión de segundos, que estremece todo tu ser y apacigua toda razón ante el auge de nuestras percepciones sensoriales. No hay ser humano que no sienta ningún tipo de temor: a la muerte, al compromiso, a arriesgar, a la soledad, a la oscuridad, etc. Hay miles de miedos distintos, algunos irracionales, otros justificables y otros propios de nuestra condición humana. Hay a quien le da miedo avanzar, a otros recordar...y a muchos les dan miedo cosas cotidianas, como el temporal o las alturas. ¿Por qué este tipo de miedos? Tomando como principal ejemplo el vértigo, o el miedo a estar muy elevado del suelo, podríamos pensar que es algo totalmente racional, ya que es producido por y para nuestra mente. ¿Alguien se ha planteado por qué no puede subirse a lo alto de unas escaleras móviles sin marearse? Puede que la clave del temor, esté en mirar hacia abajo, ese gran tópico de que, si no observas el tremendo espacio que te separa los pies del suelo, no tienes por qué temerlo. Pero aún así una persona siente ese temor habiendo mirado hacia abajo o no. ¿Intuición, instinto o sugestión? Quien sabe. Puede que el problema se deba a la lógica que le planteemos. Pongamos por ejemplo una escalerilla móvil de cinco peldaños, que debe subir una persona con un pánico horrible a las grandes distancias del suelo. Subir al primer peldaño no le asusta, al segundo tampoco, el tercero un poco más, el cuarto podría subirlo agarrándose a algo y con gran esfuerzo, pero nunca subiría al quinto. ¿Por qué? La distancia del suelo es mayor que la correspondiente a los otros peldaños, es cierto. Pero seguro que si quitáramos ese quinto balde de la escalerilla, sería al cuarto al que no lograría subirse, si quitamos el tercero, al segundo, y así sucesivamente. La clave, pues, estaría en pensar que sólo hay que subir un único peldaño, y que todos los demás peldaños del mundo están por delante. Pues no hay escalera conocida que pueda llegar a chocar con un avión en pleno vuelo.



||_†τåммч†_||

sábado, 6 de octubre de 2007

Un final para el principio


Era tarde, muy tarde, ya hacía rato que había anochecido y sabía lo que le pasaría al llegar a casa: papá estaría tirado en el sofá, mirando alguna película de terror sin percatarse si era su salón o el del vecino; Marie, Lucy y el resto de la familia estarían a punto de acostarse y, lo peor, mamá estaría aún en la mesa de la cocina, con su plato frío, esperando para echarle la bronca.

Mientras caminaba a paso descuidado, la pequeña suspiraba pensando en la recompensa que su madre le regalaría por haberse escapado de casa. Se puso a pensar en muchas cosas de camino a casa: sus secretos, sus sueños, sus vivencias... y cayó en la cuenta de que había cosas nuevas, que nunca antes había reparado en ellas. Y es que algo en ella estaba cambiando. Seguía siendo una niña, así es como la veían todos, y así la vieron siempre. Nunca le había molestado que la trataran como tal, porque ella también se sentía una niña. Pero ¿y ahora? ¿Qué había cambiado? ¿Por qué de repente no le gustaba que la trataran como a una niña? Sin saber por qué, pensó que ya no quería que los demás controlaran su vida, su manera de pensar y de actuar. Por primera vez, quiso hacer algo distinto, quiso emprender un nuevo camino dónde sólo ella pudiera decidir.

"Puede...que sea cierto, que sólo tenga 11 años, que me quede mucho por delante y que tenga mucho que aprender. Pero... si tengo que aprenderlo yo, ¿por qué no puedo hacerlo a mi manera?" pensó. No quería volver a casa, no quería enfrentarse a un padre indiferente que se había perdido todo el proceso de crecimiento y aprendizaje de sus hijas, no deseaba ver a esas odiosas hermanitas mayores que se pasaban el día metiéndose con ella, no soportaba la idea de que sus abuelos y tíos la trataran como a un bebé de tres años. Y mucho menos iba a desear que su madre le echara la bronca.

Por un momento recordó las palabras de su abuela: "Llegará un momento, uno muy corto, casi como un suspiro, en el que te darás cuenta antes que nadie de que ya serás alguien. Algún día sabrás lo que quieres, y sólo tú podrás hacerlo.". Y así fue como Chloe hizo caso a las palabras de su abuela. Cambió el rumbo de sus pasos, en lugar de continuar caminando por las largas calles llenas de casas unifamiliares dónde reinaba la felicidad, decidió irse al parque, introducirse entre los caminos de piedra, entre aquellas inmensas secuoyas centenarias. Fue allí dónde pasó su primera noche como una persona "libre"-como se definió a partir de ese día-, y allí fue dónde, acompañada de esos sabios y esplendorosos árboles, la niña creció y se convirtió en una mujer en su interior, aunque para los demás siguiera siendo sólo una niña de once años.

Aunque para el mundo sólo fuera una persona más, una niña de familia humilde, una estudiante de primaria de notable bajo, una hermana menor a quien tomar el pelo, una hija a quien castigar o una nieta a quien mimar. Era una mujer dentro de una adolescente, una más.

||_†τåммч†_||