sábado, 17 de noviembre de 2007

¿Eres feliz?




"-Imagina. Imagina que, por un momento, todo es distinto. Eres quien deseas ser, te sientes bien, respiras hondo y te dejas caer. Sueña. Sueña que estás tumbada, despierta y relajada en cualquier campo, que dejas que el viento se lleve tus palabras, que el cielo sea el color de tus pensamientos, que el sol rocía de una placentera indiferencia la totalidad de tu ser. Déjate llevar. Deja que sea tu aliento el que dé vida a este mundo. Déja que tus cabellos sean como las olas del mar. Simplemente, no pienses, no seas, no existas. Mira hacia arriba, confúndete con las nubes, puras, blancas y flotantes. Vuela tan alto como puedas. Olvida tu voz, tu memoria, olvidate de todo por un pequeño instante y, simplemente, intenta ver, sentir, como te fundes con el mundo, con la inmensidad del cielo, con ese infinito tan abstracto como enigmático. Sólo cierra tus ojos y déjate caer, más allá del suelo, del mar y de la tierra, más allá de todo lo que crees saber.

-Es muy bonito, pero es imposible. No creo que pueda hacerlo, no ahora.

-Claro que puedes, sólo ten fe...¿La tienes?

-...¿En qué?

-En ti, boba, en todo lo que quieras. Házlo.

-...

-Y ahora, ¿eres feliz?

-..."



-Y me quedé dormida, no sé por cuánto tiempo. Cuando desperté estaba todo igual. El sol se empezaba a poner, el campo estaba en silencio, el viento se había difuminado, no quedaban nubes en el cielo y el tiempo parecía haberse paralizado. Me incorporé y miré a todas partes sin ver nada, no le veía. Me invadió el pánico, no quería pensar que hubiera sido capaz de dejarme allí sola, durmiendo y soñando con él.

-¿Y dónde estaba?

-No lo sé.

-¿No volvió?

-No... Le esperé hasta bien entrada la noche, por si había ido a pasear. Pero no volvió. Esa fue la última vez que le vi. La última vez.

-¿Y no le buscaste?

-No. Y él a mi tampoco. [...]Lamento mucho no haberle contestado.

-¿A qué?

-A que no era feliz si él no volaba conmigo.



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miércoles, 14 de noviembre de 2007

La historia de cuatro paredes


Era la casa de sus sueños. Todo un lujo para ellos. Era pequeña, pero acogedora. Constaba de una sola planta, dos habitaciones y un salón amplio, dónde a un lado estaba la modesta cocina, y al otro la ostentosa chimenea, sus paredes eran de madera, algunas forradas de piedra, dando el aspecto rústico que requería el paisaje de su alrededor, unos vastos prados de trigo dorado, colinas teñidas de naranja por la época y un cielo siempre despejado y claro. Las tierras no eran muy extensas, pero eran suficientes como para demandar una jornada extensa y propiciar el sustento de la familia. El establo era sin duda la parte más visible y grande de toda la propiedad. De dos pisos y al estilo americano, contaba con un depósito enorme de agua detrás de él, un pajar inmenso y ocho caballerizas pequeñas, con su pequeño almacén y una estancia mayor dónde arreglar los caballos. Recordaba bien que aquella era su parte preferida de la posesión, dónde más tiempo pasaba. Le vino a la mente miles de juegos que se inventaba él sólo mientras apilaba el estiércol de los jamelgos y les servía el banquete a los potros y yeguas. Le invadía la tristeza. Aquella casa fue la que le acogió en su dura llegada a este mundo, allí se crió, en aquél crujiente suelo carcomido aprendió a caminar, entre esas caballerizas jugó toda su infancia, labró esos campos de mozo y descubrió una modesta felicidad que tiempo atrás había olvidado. La casa estaba desolada, llena de polvo, rota por el abandono y empobrecida al no tener quien le diera vida. Tantas décadas habían pasado, tanto le había llovido, que parecía ser otra. Triste y arcaica, olvidada por completo después de haber dado cobijo a aquella humilde familia que tan bien la había tratado. Se le inundaban los ojos de lágrimas, aún le parecía oír el ruido del agua hirviendo en la cocina, creía que resonaban risas de niños, la suya y la de sus hermanos, acompañadas de sus pasos por el salón, los lamentos que surtían de la habitación dónde vio morir a su padre. Tantos, tantos recuerdos buenos y malos. En cada piedra había grabada una anécdota, en cada balde de madera un recuerdo, en cada silla el aroma de un miembro de la familia. En el fondo, no podía evitar ver las dos imágenes a la vez, una sórdida comparativa de un antes y un después, de las dos etapas de su vida completamente contrapuestas.

El aire viciado le hizo marearse, tuvo que salir a sentarse en los dos escalones rotos de la entrada a tomar aliento. Aún quedaban algunos juguetes rotos, hechos de madera y palos de hierro por las mismas manos de su padre. Miró al cielo, completamente desolado. Todas sus aspiraciones de derribar la casa para vender el terreno al mejor postor parecían desvanecerse por momentos. En el fondo, pensó para sí que no podía hacerlo, sabía que no debería haber ido a recordar tan bien como que no hubiera sido capaz de venderla sin volver a visitarla. No tenía ni idea de qué hacer. Sacrificar su pasado por un presente mejor, o dejar estar las cosas tal y como estaban para conservar la casa dónde se crió. Al fin y al cabo, siempre fue un hombre de campo, nunca tuvo riquezas ni lujos, y nunca los ansió. Simplemente recordó la promesa que le hizo a su padre en el lecho de muerte días antes de expirar. Simplemente se sentó a recordar a su familia, su vida, el esplendor de su casa en tiempos mejores. Solamente recordar. Solamente él y la casa de sus sueños.


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