miércoles, 19 de noviembre de 2008

Entre mis manos

La gente dice que las apariencias engañan, que las cosas no siempre son lo que parecen. Yo no lo creo así. Yo creo que las cosas pueden ser como tú las quieras, mientras las desees de verdad. Mi madre me dijo, que en esta vida hay que aprovechar el tiempo, que el tiempo es como el aire, como el agua, que por mucho que intentes cogerlo, siempre se te escapa entre los dedos, aunque los aprietes con todas tus fuerzas. Mi abuela me dijo que con el corazón pasa lo mismo, que puedes intentar agarrarlo con fuerza, pero cuánto más le apretes, más lejos se irá. Yo pienso, que nuestras manos son preciosas, son perfectas, y creo que podemos llegar a coger las cosas más bonitas del mundo, sin necesidad de herirlas o hacerlas huir, sólo con hacerlo con delicadeza. ¿Y sabes qué? Yo sé, que mis manos son perfectas, y que pudiendo coger el sol, la luna o las estrellas, prefiero atrapar tu corazón entre mis manos, y no dejarlo ir. Te prometo que no lo apretaré, que no le haré daño ni le dejaré caer, simplemente quiero sentirlo, así como tú sientes el mío.


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Nuevo Blogspot en la red, sobre música, cine, ideología, cultura, cualquier cosa que se le pueda pasar por la cabeza a un jovencito de 18 años. :)



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lunes, 17 de noviembre de 2008

La primera vez...


- Oye... ¿Recuerdas cuando nos conocimos?
- A duras penas, hace mucho tiempo, y sabes que lo mío no es la memoria, mi mente es un desván oscuro y desordenado... Como mi cuarto...
- Ya, porque eres un desastre... Pues yo lo recuerdo perfectamente, recuerdo hasta la ropa que llevabas, y los zapatos que calzaba yo...
- ¿Ropa y zapatos? Pues qué romántico, casi preferiría que tampoco lo recordaras...
- ... Recuerdo que hacía frío, había llovido toda la noche anterior, y el parque estaba enfangado, el tobogán y los columpios sucios... No podías dar un paso sin mancharte...
- Suponía que me ibas a soltar algo romántico, ¿dónde está tu romanticismo?

- ¡Calla, anda!... Recuerdo que yo iba hecho un gitanillo, mi madre me puso la ropa más vieja y desgastada que tenía para no estropear nada, pero no pudo evitar que me pusiera mis zapatos favoritos.
- Dato importante, el de los zapatos...
- Déjame acabar... El caso es que yo iba con mucho cuidado de no mancharme mis zapatitos nuevos de marca, pero llegaste tú de algún evento familiar importante, ibas de punto en blanco, y al verme jugar viniste corriendo a jugar conmigo, sin conocerme de nada.
- Yo siempre tan abierta a los psicópatas desconocidos...
- ¡Ee no te pases! El caso es, que entre que eres una patosa desde el día antes de nacer, y que uno de los lazos de tu precioso vestido se desató, te caíste al suelo de morros, enfangándote hasta las orejas. Mira, como niño travieso que era me reí muchísimo, hasta que me di cuenta de que estabas llorando, muerta de vergüenza y asco. Me sentí muy mal...
- No tienes corazón...
- Si, bueno... El caso es, que no se me ocurrió nada mejor para hacerte sonreír que ponerme a dar saltos de charco en charco, hasta que acabé de barro hasta las cejas, di mil volteretas, me tiraba al suelo, cogía hojas y palos y los tiraba después de guarrearlos...
- Lo que yo te decía, eres un cerdo psicópata sin corazón.
- Di lo que quieras, pero al final te reíste como una condenada y nos pasamos las dos mejores horas de mi vida jugando y riendo. Después, cuando volví a casa, esa misma noche me fui a la cama con el culo más rojo que un tomate, y con los zapatos mojados en la ventana, a ver si se secaban, pero volvió a llover. Esa noche no lloré aunque mi madre me metió una buena tunda, miraba el parque por la ventana, como le caía el agua y se embarraba de nuevo, y lo único que me apetecía era jugar contigo, volver a mancharme los zapatos, aunque tuviera que acabar con el culo morado.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Mirar fotos viejas



Parece mentira, pero sin darnos cuenta nuestras vidas van cambiando poco a poco, hasta que llega un momento en que después de tanto tiempo te toca sopesar todos esos cambios, y ves que ahora ya nada tiene sentido, que cosas que antes eran importantes se han desvanecido, parece como si todos tus valores hubieran cambiado aún siendo los mismos. Simplemente, te paras a pensarlo y caes en la cuenta de que ahora todo es diferente.

Y sientes.
Sientes muchas cosas a la vez, sientes nostalgia y tristeza, porque lo que una vez se dio no se volverá a dar nunca más, porque jamás volverás a estar en ese momento, en aquel lugar, con aquellas personas y en aquel contexto. Pero también sientes tranquilidad y paz, tranquilidad porque te da por pensar que tal vez las cosas hayan dejado de cambiar, que ya todo es definitivo, que no tendrás que empezar de cero una vez más; y paz porque sabes que todo lo malo de antes también ha cambiado, que ya no te duele lo mismo de ayer, y el sabor más amargo se ha vuelto insípido. Luego sientes alegría y satisfacción, alegría porque sabes que al fin y al cabo, no todo es malo, y que has solucionado muchas cosas, has atado muchos cabos, has enmendado antiguos errores que ahora forman parte del pasado; y satisfacción porque realmente tienes la esperanza de no haber hecho las cosas tan mal, perfectas seguramente no, pero seguro que dentro de lo que cabe, podrías llegar a ser feliz.

Y lo peor es cuando de tanto pensar, de tanto recordar y darle vueltas a miles de cosas a la vez, te entra la inseguridad, porque recuerdas que esto no es la primera vez que te pasa, no es la primera vez que sonríes con amargura mirando fotos viejas y piensas "Hay que ver, cómo cambian las cosas...", y entonces te das cuenta de que nada es seguro al 100%, de que el mundo no ha dejado de girar nunca, de que miles de cambios volverán a pasar por ti, por tu vida y por tu mente, y aunque no sabes todo lo que podrán acarrear, sucederán sin duda alguna. Te paras y piensas, que en este mismo instante en que tantas ideas absurdas y desordenadas pasan por tu mente, el mundo, tu mundo, tu vida, sigue cambiando.


Entonces es cuando vuelves a sonreír, no con alegría, tristeza, nostalgia, satisfacción o inseguridad, sino simplemente pones cara de idiota porque te das cuenta de que en realidad no sabes una mierda, no cuentas una mierda.


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viernes, 31 de octubre de 2008

Una vez...


Recuerdo que una vez quise volar, volar lejos. Otra quise correr, otra llorar, alguna vez quise acabar, otras empezar de cero, subir al cielo y bajar luego al infierno, para quedarme flotando en el aire. Una vez quise viajar, hasta el fin del mundo y volver, para ver que hasta el infinito tiene un fin. También quise luchar, luchar por mi, por él, por lo que veo justo y lo que no, otras, en cambio, quise dejarme llevar y aceptar el chaparrón sin inmutarme. Sé que más de una vez he querido olvidar, y sé que ninguna lo llegué a lograr. Hoy poy hoy, creo que sólo sé tener fe, fe en que sólo me queda volar, correr, reir, llorar, acabar, empezar, subir y bajar, viajar, volver, luchar, dejarme llevar hasta el fin. Creo que he llegado a la conclusión de que hasta en el mismo infinito estoy sola, y aún estando sola estoy contigo porque sé que eres parte de mi, seas lo que seas, seas quien seas, hagas lo que hagas, me quieras o no, eres tan parte de mi como lo soy yo de ti. Yo soy tu casa, tú mis ruinas, yo una montaña de escombros y tú una mota de polvo volando sobre mis hombros.


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miércoles, 30 de abril de 2008

Cavilar sin pensar

Chloe paró por un momento de meter sus cosas en la maleta y se quedó observando al joven durante unos segundos.
- Pues no, no me suenas, y tampoco me interesa quién seas. Adiós.
Agarró su mochila, la chaqueta y el libro de mala manera y emprendió el camino de vuelta a casa. No sabía muy bien por qué pero por más que intentara no darle vueltas al asunto, no podía dejar de pensar en quién sería el muchacho que había dejado solo bajo el árbol.
Cuando Chloe llegó a casa eran más de las siete de la tarde, había anochecido y su madre ya estaba preparando la cena. Aunque no advirtió la presencia de su “pequeña inconformista rebelde”, había tenido la elegancia de ponerle un plato boca abajo encima de su plato de comida del medio día ya gélido y que probablemente sería su cena.
La joven pasó con gran sigilo por el pasillo, ya que estaban la puerta de la cocina y el salón abiertas, y cuando llegó a las escaleras subió a toda prisa, se encerró en su cuarto, se cambió y puso los libros sobre el escritorio. Se le habían quitado las ganas de leer así que se tiró en el suelo y se quedó mirando al techo. Se relajó tanto que justo cuando se iba a quedar dormida sus hermanas empezaron a armar alboroto y se enzarzaron en una disputa de gritos e insultos que finalizó con un tremendo portazo que hizo temblar los cimientos de la casa y probablemente los de media ciudad. Tal fue el porrazo que la puerta de su armario de los trastos se abrió de golpe, y todos los cachivaches mal ordenados y colocados de cualquier manera en un intento de hacer limpieza inundaron el suelo de su habitación y su plácido rato de descanso.
- Mi gozo siempre en el pozo.
Chloe se enfureció de golpe y sintió la necesidad de salir y liarse a gritos ella también, pero recurrió al poco auto control que había recargado para enfriarse y ponerse a recoger aquel estropicio.
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viernes, 28 de marzo de 2008

Encontronazos

Ambos se quedaron inmóviles, sin mediar palabra, contemplándose atónitos como si fuera la primera vez que se vieran. Pero no era así. Llevaban viéndose las caras toda su vida, habían sido compañeros de clase hasta el instituto, y, pese a haber coincidido en clase todos los días durante años, jamás tuvieron relación alguna, no mantuvieron ni una sola conversación, nada. Podría decirse que pertenecían a mundos completamente opuestos: diferentes intereses y puntos de vista, distintos círculos sociales… El uno no sabía del otro más que su nombre, y en ese momento ni siquiera cayeron en ello.
Pasado un rato, Chloe salió de su atontamiento, y no le hizo nada de gracia que aquel chico tan maleducado se le quedara mirando de una manera tan descarada e interrumpiera su lectura con su inestimada presencia.
- ¿Se puede saber qué miras?- le increpó con una mueca de desagrado.
- No lo sé, ¿qué miras tú?
- ¿Yo? El libro, intento leerlo… Si no quieres nada más, lárgate, eh?
Entonces él se encogió de hombros y se sentó a su lado, al pié del árbol y le contestó en un tono burlón:
- Me parece que los libros esos no te han enseñado a relacionarte con seres humanos. Eres una borde…
- No necesito relacionarme con “seres humanos” como tú, gracias.
- No te acuerdas de mí, verdad? Debería darte vergüenza, Damasco.
- No sé de qué me conoces, pero me alegro de no acordarme de ti, entrometido.- Chloe empezó a recoger sus cosas, ya había tenido suficiente bronca ese día y prefería irse a su cuarto a leer antes que aguantar a aquel chico impertinente, que curiosamente le recordaba a sus hermanas.
- Íbamos juntos a clase desde la guardería, aunque ya sabía yo que no me recordarías…- le dijo cogiéndole el libro de matemáticas tirado en el suelo y acercándoselo.
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domingo, 3 de febrero de 2008

Broncas y encuentros

Chloe caminaba apresuradamente con el ceño fruncido, arrastrando por una de las asas la maleta del colegio, que daba tumbos por el suelo. Esta vez el asunto había llegado demasiado lejos. Marie se había pasado con ella, y, para colmo, Lucy volvía a darle la razón. Estaba tan enfadada con ellas que a duras penas le entraba en la cabeza que aquellas dos fueran sus hermanas, aunque muchas veces había pensado que era adoptada. Definitivamente, chocaba en todo con sus hermanas. Físicamente no se parecían en nada: Lucy tenía una maravillosa melena rubia rizada, de un color tan claro y brillante que dolía verlo bajo el sol de verano; Marie, en cambio, tenía el pelo algo más oscuro y largo, con reflejos cobrizos probablemente heredados de la abuela Margaret y amplias ondulaciones. Ella no. Tenía un castaño bastante oscuro, y como siempre lo había llevado muy corto, ni siquiera sabía si lo tenía rizado, liso u ondulado. Además, sus hermanas tenían ambas los ojos azules y la tez muy clara, ella los tenía verdes y era de piel más oscura. De todos modos, no le sorprendía demasiado, sabía que en su familia había muchísima mezcla, pues tenía familiares de todo tipo y de varios rincones del mundo. Pero sin duda en lo que eran más diferentes era en el carácter y en la personalidad. Lucy y Marie siempre estuvieron muy unidas, desde muy pequeñas, igual por el hecho de llevarse sólo un año y medio, o quizás por que eran tal para cual: unas irresponsables entrometidas que sólo pensaban en divertirse y en acumular una larga lista de chicos esperando en su puerta. Chloe siempre fue más independiente e introvertida, algo inaccesible por su carácter fuerte y su tendencia a desconfiar de la gente. Definitivamente, eran incompatibles en todo, no tenían nada en común, exceptuando sus apellidos y cierta información genética.


Al final, de tanto darle vueltas al asunto, a la pobre se le pasó el enfado y se quedó completamente exhausta después de haber descargado tanta adrenalina. Se paró en seco frente al parque y se quedó mirando a lo lejos. Siempre pensó que, al menos desde la entrada, el parque parecía no tener fin. Hacía años de aquella noche que pasó entre esos árboles, la noche en que para ella todo cambió, simbólicamente claro. La única diferencia notoria había sido el paso del colegio al instituto, más que nada porque ahora tenía que caminar más para ir y volver de casa a clase. Decidió entrar y quedarse un rato por allí leyendo o dibujando, pero estaba tan a gusto que al final acabó haciendo todas las ecuaciones que le habían mandado y los ejercicios de lengua. Cuando terminó cogió su libro favorito y se puso a leer, aprovechando que los días eran más largos y que aún le quedaban unas horas de sol. Sus tripas rugían de vez en cuando, molestas por lo abandonadas que las tenía, pero aún no quería volver. Se quedó allí sola, leyendo cómo Carolina, la protagonista de su libro, andaba entre los árboles de un frondoso bosque esperando la llegada de su tan esperada cita. Así fue como se encontraron. La primera vez que el uno reparó en el otro fue en aquel parque de hermosas secuoyas, ella leyendo el que consideraba el "capítulo más pasteloso y patético de su mejor libro" y él mirándola fijamente. Un encuentro parecido al de Carolina, como una extraña coincidencia, una especie de irónica suerte inesperada.[...]

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Continuará la semana próxima, probablemente.
Disculpas por no actualizar casi nunca, no tengo tiempo entre los estudios y el trabajo.
Gracias.