lunes, 16 de febrero de 2009

Olor a tabaco

Otra vez la misma sensación. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba allí metido, trabajando sin parar. Me empezaba a faltar el aire, las teclas del ordenador parecían bailar bajo mis manos temblorosas, cansadas. En la pantalla, las letras se arrejuntaban en un remolino psicodélico y las tres paredes de cartón piedra que separaban mi espacio de trabajo del de mis compañeros parecían estrecharme más a cada segundo. Ya eran casi las tres de la mañana, y teniendo en cuenta que ni me pagaban las horas extras, ni había manera humana de hacer cuadrar la operación sin recurrir a milagros, decidí que era hora de irme a casa.

Bebí algo de agua antes de salir y me despedí del conserje y el de seguridad, a los que consideré las únicas personas en peor estado de ánimo que yo en ese momento. Encendí un cigarrillo, me acomodé la chaqueta y el portafolios y empecé a caminar. Estaba cansado, pero no tenía sueño, ni ganas de llegar a casa, vacía y desordenada, como mi vida. Tomé un par de atajos a ninguna parte, enfilé las calles sin prisa pero sin pausa, y cuando me acercaba a la zona dónde se hubicaba mi humilde pisito decidí dar un rodeo, alargar mi paseo nocturno y encenderme otro pitillo, el tercero de la noche, y el último de mi vida.

Llegué hasta la barriada de al lado, puramente residencial, típicas casas de ciudad, chalets muy cotizados, de tres plantas y buen garaje. No solía ir por allí, no desde que el gran capitán Lerom, mi acompañante de sofá y paseos con regalito pestilente, pasó a mejor vida. Ahora lo pienso, y ése fue el mayor error de mi vida: debí haber seguido mi camino, ir directo a casa y, si eso, bajar la basura, que nunca viene mal cuando tienes imsomnio. Pero no lo hice, continué mi paseo y llegué a aquella calle oscura, que no tengo muy claro a qué barrio concreto pertenece, y tampoco me importa.

Fue allí dónde mi vida cambió por completo. Lo que en aquel momento presencié se quedó grabado a fuego en mi memoria, en mi ser. La escena más horrible que mis ojos han visto, el peor y más fuerte recuerdo que tengo. Miles de cosas pasaron por mi mente en fracciones de segundo. Supe que ese no era mi lugar, que yo nunca debí haber estado allí. Pensé que había sido un idiota cambiando mi rumbo, sólo tendría que haber hecho lo mismo de siempre, el mismo recorrido de todos los días. Es increíble, cómo decisiones tan absurdas y pequeñas te pueden cambiar la vida, y como las tomamos como si nada, sin darnos cuenta que, como en mi caso, girar una esquina cualquiera puede conducirte a las puertas de la mismisima muerte y el horror. A la mayor aventura de nuestras vidas. De mi vida.
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