domingo, 17 de mayo de 2009

Reencuentro (Pt.2)

Tardó en contestar más de medio minuto. Ladeó la cabeza lentamente, dirigiendo su mirada atónita hacia mí. Eso sí que no había cambiado, su mirada. Vacía, melancólica y con un toque de ironía, una mirada penetrante que parece traspasarte, como si no estuvieras ahí. A veces daba la sensación de que miraba como si estuviera ciega, con esa seguridad impasible, ese tono indescifrable, enigmático, que tanto la caracterizaba. Me miró casi como si fuera un problema de física cuántica imposible de resolver. Supe entonces que la había dejado “cao”, creo que se sintió igual que yo, como si estuviera frente a un espectro del pasado, como cuando miras a alguien cara a cara, a través de un cristal, desafiante y sincero, convencido de que no te ve, pero lo hace y reacciona de igual modo. Después de ese lapso de tiempo, pestañeó lentamente, dejando entrever algo a medio camino entre una sonrisa furtiva a destiempo y una súplica de consuelo silenciosa.
- Hacía mucho que no te veía, estás muy cambiado ¿Qué haces por aquí? - Se recogió un mechón rebelde que escapaba de su coletero en lo alto de su cabeza, pecando de ser demasiado corto, que guardó con parsimonia tras su oreja izquierda, devolviendo la mirada a los niños.
- Lo mismo que tú supongo, intentar volver al mundo de los vivos… - Un silencio acompañado de una calada furtiva por mi parte, una mirada inquisitiva por la suya.
- ¿Cómo…? -Le tembló la voz, no la dejé continuar.
- He ido a visitarle, he visto las flores… - di otra calada rápida y escupí el humo hacia el lado opuesto, ocultando la expresión de derrota que sabía era incapaz de disimular- Nadie deja un ramo entero de rosas rojas perfectas, suelen ser claveles, o margaritas, casi siempre mustias cuando las veo…
- Entiendo… - Devolvió su mirada al frente, yo le clavé la mía.
- Hace unas semanas te vi salir del cementerio… Supuse que eras tú.
- La verdad es que me sorprende que estés aquí. Creía que sentirías repulsión hacia mi o algo. Sé que me culpas de todo, lo entiendo. ¿Qué haces aquí? – Su voz se quebraba ligeramente, me miró con una expresión más triste de lo normal, me faltó el aire.
- Odiar no sirve de nada. Eres tan culpable como todos los que caminan ahora por las calles de Palma. Simplemente, me preguntaba cómo estarías. – Mentí.
- Estoy bien. Estoy como siempre. Es sólo que hace más de un mes que volví a la ciudad, no he sabido nada de ti, por lo que supuse que tú no querrías saber nada de mí. Me sorprende verte. ¿Desde cuándo fumas?
- Desde hace tres años, más o menos… - Contesté sin pensar, pero enseguida advertí que la respuesta no le había sentado bien- . Sabía que habías vuelto, es sólo que estoy muy liado con el curro.
- Entiendo… - Asintió sin más, la veía sin ganas de seguir con la conversación y empecé a dudar de si había sido buena idea ir a buscarla sin tener claro qué decirle, sin tener ella nada que oír de mi.
Parte de Memorias del Olvido,
por Tammy Suárez.
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sábado, 9 de mayo de 2009

Sabor a piel




Se apaga la luz. La única claridad de la habitación son los destellos de la ciudad que en la madrugada queda solitaria y sepulcral a través de la ventana. Un fino reguero de luz atraviesa la estancia con rapidez por gracia de algún coche. Todo queda en silencio. Nos arropamos. Nos abrazamos. Pongo mi cabeza en su pecho, le rodeo con mis brazos y le siento. Siento el calor de su piel, el latir de su interior, la paz de su respiración, su olor, todo él. La cama es tan grande, sobra tanto espacio, somos uno sólo, tranquilo, dormido, justo en el centro. En silencio, besos y caricias. Sonrisas en la oscuridad de quienes se regalan a Morfeo con la seguridad y la tranquilidad de estar en el mejor lugar del mundo, entre los únicos brazos que quisieras estar. El mundo deja de girar, el tiempo deja de correr, todo se detiene, para dormir, para no molestar, para no interrumpir algo tan mágico, tan único, tan extraordinario. Palpar la felicidad con la yema de los dedos, impregnarte los labios del dulzor del cariño en estado puro, que sean las miradas las que rocen tu piel, a traves de la oscuridad y con los ojos cerrados. Saber que él está ahí. Saber que lo que tantas veces soñaste está ahí, tumbado, a tu lado, abrazándote, acunándote en el que sin duda es el mejor sueño que una persona pueda tener. Son sólo unas horas. Es sólo una habitación pequeña y una cama muy grande. Somos sólo dos personas. Pero para nosotros, para mi, es todo un mundo, todo un universo, lejos de cualquiera, dónde todo lo que hay es lo que nosotros queramos que haya. Dejar de existir en el mundo real, para empezar a vivir en el de los sueños. Es todo el regalo que una persona necesita. Estar ahí, con él, sin nada más. Solos. Abrazados. Dormidos. Sin nada más.

Dedicado a la persona que hace
que todos los días sean únicos y maravillosos:
Gracias por estos últimos dos años contigo.

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domingo, 3 de mayo de 2009

Reencuentro (Pt.1)

Tal como me imaginaba, allí estaba, sentada, absorta en sus pensamientos, sola, abatida, con la mirada perdida entre los juegos inocentes de una docena de niños jugando en el parque público, relativamente nuevo, que invitaba a jugar hasta a quienes dejaron la niñez décadas atrás. Lo cierto es que todos mis esquemas cayeron de golpe en el momento en que la vi. Creía que estaba todo bajo control, pero para no variar, andaba muy equivocado. Me paré en seco, me temblaba el pulso, sopesé las posibilidades y las consecuencias que tenía en aquel momento, mientras una oleada de dolorosas y desconcertantes imágenes de años atrás me invadían. Decidí que si había tenido determinación suficiente para llegar hasta allí, si había cruzado la intersección de avenidas en una de las rotondas más grandes de la ciudad, siguiendo su rastro ficticio, esperando un encuentro tardío, debía sobrarme valor para ir hasta ella.

Me acerqué en silencio, quizá temiendo haber perdido el juicio y haberla confundido, haberme precipitado o simplemente, hacer el ridículo. Sentía el pulso de mis manos ir por libre, el cigarrillo a medias tambaleando entre mis dedos, un escalofrío helado reptando por mi nuca, el pecho a punto de estallar en mil golpes secos. Cada paso era un mundo. La miraba fijamente, no se daba cuenta, seguía, como siempre, perdida en un mundo entre el físico y el imposible, lejos de cualquiera; poco a poco iba dibujando con más claridad los contornos de su rostro, recomponiendo su imagen. Había cambiado. Seguía igual. Aún hoy me es difícil discernir si era yo el distinto y ella seguía igual, o ella había cambiado pero yo seguía estancado en la sensación de continua tranquilidad que ella siempre me había evocado. Llegué hasta su banco, de tres metros de largo, pero vacío, estaba tan distante que por un momento temí que estuviera viendo un espejismo.
Cuando me senté, el banco estremeció en un par de crujidos ahogados, tímidos, me recosté en el respaldo, di una larga calada al ver que se había percatado de que un extraño estaba junto a ella. Supongo que era la última persona a la que esperaba allí. La observé largamente, sin saber bien qué decir. No era la primera vez que me pasaba, supongo que todo el mundo siente esas ganas tremendas de decir la verdad a gritos, de contarlo todo en pocas palabras, tanto que ensayan la misma imagen, el mismo diálogo una y otra vez mentalmente. Y ahí estaba yo, con tanto que decirle y sin saber cómo empezar. La miraba. La miraba y se me caían las palabras. Yo la odiaba. O eso me gustaba creer. Habían pasado tres años desde la última vez que la había visto. Tres años culpándola, tres años tratando de convertirla en un despojo del olvido, en el objeto de mis más profundos rencores. Sentí que todo se había desvanecido, ya no quedaba nada de lo malo, pero tampoco lo bueno. No quería recordar lo bueno.
-Te veo muy despistada…- fue todo lo que se me ocurrió para captar su atención, no había acabado la frase cuando ya me sentía el idiota más grande del mundo.
-No sé ser de otra manera…
Parte de Memorias del Olvido,
por Tammy Suárez.
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