domingo, 3 de mayo de 2009

Reencuentro (Pt.1)

Tal como me imaginaba, allí estaba, sentada, absorta en sus pensamientos, sola, abatida, con la mirada perdida entre los juegos inocentes de una docena de niños jugando en el parque público, relativamente nuevo, que invitaba a jugar hasta a quienes dejaron la niñez décadas atrás. Lo cierto es que todos mis esquemas cayeron de golpe en el momento en que la vi. Creía que estaba todo bajo control, pero para no variar, andaba muy equivocado. Me paré en seco, me temblaba el pulso, sopesé las posibilidades y las consecuencias que tenía en aquel momento, mientras una oleada de dolorosas y desconcertantes imágenes de años atrás me invadían. Decidí que si había tenido determinación suficiente para llegar hasta allí, si había cruzado la intersección de avenidas en una de las rotondas más grandes de la ciudad, siguiendo su rastro ficticio, esperando un encuentro tardío, debía sobrarme valor para ir hasta ella.

Me acerqué en silencio, quizá temiendo haber perdido el juicio y haberla confundido, haberme precipitado o simplemente, hacer el ridículo. Sentía el pulso de mis manos ir por libre, el cigarrillo a medias tambaleando entre mis dedos, un escalofrío helado reptando por mi nuca, el pecho a punto de estallar en mil golpes secos. Cada paso era un mundo. La miraba fijamente, no se daba cuenta, seguía, como siempre, perdida en un mundo entre el físico y el imposible, lejos de cualquiera; poco a poco iba dibujando con más claridad los contornos de su rostro, recomponiendo su imagen. Había cambiado. Seguía igual. Aún hoy me es difícil discernir si era yo el distinto y ella seguía igual, o ella había cambiado pero yo seguía estancado en la sensación de continua tranquilidad que ella siempre me había evocado. Llegué hasta su banco, de tres metros de largo, pero vacío, estaba tan distante que por un momento temí que estuviera viendo un espejismo.
Cuando me senté, el banco estremeció en un par de crujidos ahogados, tímidos, me recosté en el respaldo, di una larga calada al ver que se había percatado de que un extraño estaba junto a ella. Supongo que era la última persona a la que esperaba allí. La observé largamente, sin saber bien qué decir. No era la primera vez que me pasaba, supongo que todo el mundo siente esas ganas tremendas de decir la verdad a gritos, de contarlo todo en pocas palabras, tanto que ensayan la misma imagen, el mismo diálogo una y otra vez mentalmente. Y ahí estaba yo, con tanto que decirle y sin saber cómo empezar. La miraba. La miraba y se me caían las palabras. Yo la odiaba. O eso me gustaba creer. Habían pasado tres años desde la última vez que la había visto. Tres años culpándola, tres años tratando de convertirla en un despojo del olvido, en el objeto de mis más profundos rencores. Sentí que todo se había desvanecido, ya no quedaba nada de lo malo, pero tampoco lo bueno. No quería recordar lo bueno.
-Te veo muy despistada…- fue todo lo que se me ocurrió para captar su atención, no había acabado la frase cuando ya me sentía el idiota más grande del mundo.
-No sé ser de otra manera…
Parte de Memorias del Olvido,
por Tammy Suárez.
||_†τåммч†_||

2 comentarios:

Rústica dijo...

DIOOOOSSSSSS! ME ENCANTAAA, te lo juro!!!

Es increible! y por si fuera poco el que me encante cómo está escrito, es una de esas ocasiones en que dices: me gustaría haberlo escrito yo!

En fin, enhorabuena!!!!!!, estoy impaciente con la segunda parte.

Un beso,

Carmen.

pitusa38 dijo...

Hola preciosa!!! me quedo pasmada, me ha quitado las palabras Rustica, pero decirte que cada día escribes mejor.
Te sigo de cerquita para no perderme la 2ª parte.
Un beso