miércoles, 26 de enero de 2011

Error de cálculo

Primer error: la distancia. De repente se puso cerca, demasiado cerca. Tanto que sentía su olor y el calor que desprendía. Mal, muy mal. Ahí empezaron los nervios, y cuando yo me pongo nerviosa, todo es un desastre: sudores fríos, risa tonta... tembleques. Me vuelvo patosa. Me volví patosísima. Y lo tiré. Uno de los platitos del juego de café se me cayó al suelo como si mis manos fueran aire, estallando en cientos de pedacitos de porcelana blanca y cara entre nuestros zapatos. Me quedé helada. Como siempre, ya estaba haciendo el ridículo otra vez. ¿Es que no iba a poder tener una cita normal, ni en mi propia casa?

Nervios, vergüenza. Me quedé en blanco marfil. Por decir algo, por que de tan blanco que estaba ni me vino el color. Entre tanto él se agachó a recogerlos con un trapo, para evitar cortarse. Todo listo y práctico que es. Reaccioné cuando vi que estaba recogiendo el estropicio que había armado yo. Ya era demasiado el haber insistido en ayudarme con los platos, que ahora encima me limpiaba el suelo. Me agaché de prisa, casi sin mirar. Segundo fallo, esta vez, error de cálculo.

Yo no llevaba guantes ni trapo, y a la primera que fui a coger uno de los fragmentos me paró la mano, por miedo a que me cortara. El caso es que me asustó, y le miré. Pero estaba muy cerca, demasiado. Hubo un roce inesperado, un choque involuntario. Mi boca con la suya. Fue embarazoso, y la respuesta lógica de mi cuerpo: apartarse.

Me levanté y me quedé como en babia unos segundos, como traumatizada, apoyada en la pica de la cocina. Entonces decidí ir a lo rápido y acabar con todo: fui a la coladuría a por la escoba, así cuanto antes acabemos con esto, mejor, pensé. Lo recogí y tiré los restos de la cara porcelana a la basura. Había tensión, silencio, era incómodo. Entonces me quité el delantal, con expresión de derrota, dando por sentado que la cita había sido el desastre número 1000, y que había finalizado.

Y entonces el siguiente movimiento fue suyo. Había estado callado, como dolido, pero me daba miedo abrir la boca, por si aún era capaz de cagarla más. Se me acercó, me rodeó con sus brazos por la cintura y me besó. Sin más. Sin venir a cuento. Ahí si que perdí la cabeza. Lo demás es como estar en una nube. Acabamos en la cama sin comerlo ni beberlo, y después de un par de horas de arrumacos y jugueteos, además de otras cosas que no se deben contar jamás por mero pudor, nos quedamos abrazados en silencio unos minutos, desnudos bajo las sábanas.

Y ahí fue cuando me di cuenta de que lo había conseguido. Conseguí una cita, conseguí que terminara esa cita, y que tuviera un buen final. Lo conseguí. No hay más. Tantos años después de que me dejara tirada, había encontrado otro hombre capaz de entenderme y satisfacerme. De momento, sólo un año y pocos meses nos separan de esa noche, pero tengo la certeza de que pueden sucederles muchos más, porque este hombre ha cerrado lo que otro dejó abierto, y me ha enseñado que los errores, a veces,
son para bien.
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