jueves, 21 de marzo de 2013

La certeza oculta

De repente un día despertó y todo estaba igual, tediosa y aburridamente igual. Pero todo era diferente. Se puso en marcha como un resorte, completamente automatizada, y comenzó con su rutina diaria. En algún punto entre preparar el café, sacar a los perros, ventilar la casa, preparar el desayuno para dos, consultar el correo y leer cuatro titulares en el ordenador, cargar el teléfono, despedirse de su hombre, recoger el desayuno, ducharse, vestirse, arreglarse... En algún momento impreciso de esas escasas dos horas y poco, frente al espejo, algo se activó dentro de ella, algo provocó una conexión entre neuronas que le hizo vislumbrar la realidad al más puro estilo flashback de hollywood. De repente, estalló a llorar, casi sin saber por qué, destrozando el proceso de chapa y pintura que aún estaba a medias. Lloraba y se sentía estúpida porque no sabía por qué. No. Lloraba porque se sentía estúpida y sabía muy bien por qué. No había querído verlo. Durante mucho tiempo tuvo esa certeza dentro, pero sin asomar. Como uno de esos virus que los coges y  durante una semana están dentro de ti, incubando, preparándose en la oscuridad de tu sistema para dejarte bien jodida una semana postrada en cama. En el fondo, hacía meses que lo sabía, y mucho antes lo había intuído. No obstante, había preferido relegar ese pensamiento, ese pequeño detalle que podría –o al menos debería– cambiarlo todo. Era como si algo en su interior le dijera al oído que mientras no le pusiera nombre, no tendría forma tampoco. Como si por no nombrarlo, no hablar de ello, o incluso no pensarlo, dejara de existir o no fuera real, como un mal sueño, que no quieres ni contarlo para que se te olvide lo antes posible. 

Entonces, entre lagrimón negro y lagrimón transparente, entre sollozos infantiles y sorbidas de mocos, se vió reflejada en el espejo, diferente, desconocida, patética, difusa. Entonces supo que ya había sido suficiente. El tener ese secreto guardado dentro como un tesoro, se había convertido en una maldición, le había envenenado por dentro, y ahora lo estaba pagando. Ya no tenía sentido seguir ocultándose la verdad, continuar una farsa que la quebraba por dentro.
— Ya no me quiere.

"Ya está, ya lo he dicho.". El hechizo protector se había roto, había recitado las palabras mágicas frente al espejo, como esperando algo, como en esos juegos infantiles en los que invocas a una niña de cuarto curso muerta en extrañas circunstancias. Ahora ya no lloraba. Miraba fíjamente a su reflejo, y éste le devolvía la mirada. Estaba horrible, pero estaba serena. Suspiró. Se lavó bien la cara, volvió a ponerse una generosa taza de café aguado recalentado y se sentó poco a poco en la mesa del salón, como si estuviera débil. Se quedó inmóvil por espacio de varios minutos, o puede que siglos, no se dio cuenta. Ahí estaba, pálida, petrificada, inmóvil con la taza humeante entre sus manos, mirando a través del vapor a la nada. Su mente también parecía congelada, no pensaba, no reaccionaba. A la vez, en su mente había una actividad desenfrenada, un desfile ominioso y cruel de recuerdos, fotogramas, momentos concretos y a grandes rasgos que paseaban frente a sus ojos aleatoriamente, flotando en su retina que se humedecía poco a poco. Se quebraba. Algo dentro estaba roto, y estaba rompiendo todo lo demás. Dolía mucho. Sentía dolor, decepción, amargura, desprecio, confusión, nostalgia, miedo... Sentía tantas cosas que ya ni sentía. Vacío. Toda ella era vacío ahora. 

Suspiró, quiso echar un traguito al café y cuando ya bajaba por el esófago se dio cuenta que no llevaba leche ni azúcar. Le dio igual, lo dejó ahí con el único trabajo de calentarle las manos mientras todo lo demás le parecía cada vez más frío. Era casi verano, pero daba igual. Ahora sencillamente, no sabía qué hacer. Recordaba cómo se conocieron, cómo surgió la chispa, el momento en que todo cambió y supo que ya nada sería lo mismo. Le vino a la mente lo angustiada que estuvo cuando pensaba que nunca sería suyo, la alegría cuando él dio el primer paso, el calor del primer beso. Pensó en muchas cosas. En los buenos momentos, en los malos. En los últimos tiempos. La comparación fue odiosa. Fue algo tan lento y progresivo que al principio simplemente pensaba que era cansancio, enfado, estrés, despiste... Pero poco a poco todo se fue desgastando y deshaciendo.
Cuando le hablaba, ya no había cariño en su voz. Le miraba, y no había la ternura que antes hubo. Había que mendigarle y sobornarle los momentos de mimo. Ni siquiera era capaz ya de abrazarla cuando ella tenía un mal día, tenía el periodo, le habían puteado o simplemente cuando lloraba por llorar. No se preocupaba por ella, no se interesaba en si estaba bien, si necesitaba algo o por lo que pasaba por su cabeza. Llegaba, le preguntaba por su día y se ponía automáticamente a hacer sus cosas sin escucharla apenas. Ya nunca le escuchaba. Ya no quedaba nada de aquellos detalles que antes tenía, volver con una florecilla del trabajo, aún que fuera robada de algún jardín, llevarle por sorpresa a cenar, al cine o acurrucarse en el sofá viendo una película cualquiera. Lo que más le dolía, no era que ya no hiciera todas esas cosas, porque a eso una se acostumbra, lo que más le dolía es que antes sí. Le dolía porque sabía que significaba que ya no le importaba, no le quería. Ahora es como si fuera una persona completamente diferente. Ya no queda nada de la persona que era cuando se conocieron, y aún pecando de cursi, ya no reconocía en él al chico del que se enamoró.

Se odiaba. En un momento pasó por todos los estados posibles. Primero la negación: intentó decirse que había sido una estúpida, que estaba exagerando y nada de eso tenía sentido. Luego estaba enfadada, furiosa, se sentía tonta, humillada. Llegó a pensar incluso en que tuviera una amante por ahí escondida a la que se tiraba a sus espaldas, aún sabiendo que no es su estilo. Entonces, se sentía culpable y pensaba cosas como "es culpa mía", "igual si yo hubiera..." o "quizás si hubiera dejado de...", como buscando el por qué de las cosas. Más tarde se hundió en la miseria, supo que ya no podría retener estas cosas dentro, que tendrían que tener LA conversación, y sabía a ciencia cierta que no se equivocaba. Suponía que él aún no la había dejado porque llevaban mucho tiempo juntos, por no hacerle daño, porque estaba a gusto, por miedo al cambio o ves a saber. Lo que tenía claro es que ya no le quería, ya no era feliz con ella, y si ella se lo decía, ya no lo iba a ocultar más, no lo negaría y llegaría entonces lo peor, lo inevitable: la ruptura. No podía con esa idea, le horrorizaba, la mataba de dolor y de miedo. No quería estar sola. No quería echarle de menos. No quería cruzárselo en el centro, del brazo de otra mujer, haciendo lo que ellos hacían, siendo felices como lo fueron ellos juntos. Sentía que se le venía el mundo encima y que estaba acabada. Su vida se desmoronaba ante sus ojos rojos y llorosos. Lloró y lloró durante horas. Se pasó al sofá, y para acabar de cumplir con el tópico más patético del mundo, se zampó lo que quedaba de helado de stracciatela y siguió llorando viendo fotos, vídeos, abrazando viejos regalos y un largo y penoso etcétera.

Al final se quedó dormida, y despertó agotadísima, con un dolor zumbante en la cabeza como de resaca de helado y llantera. Estaba entumecida como si le hubieran pegado una paliza, uno de los perros dormía a sus pies en el sofá, el otro tomaba el sol en el balcón. Se incorporó y se quedó largo rato acariciando al animalito y contemplándolo a él, al otro, su salón, sus cuadros, los discos de música, las películas, los marcos de fotos, los pececillos... Entonces llegó, como una revelación, el quinto estado. Aceptación. Sabía que no iba a ser fácil, que le esperaban muchas noches frías y solitarias llorando, buscando por qués y excusas y culpables y soluciones y finales alternativos y... Y abandonarse, llorar, distraerse, retomar viejos hábitos y amistades, volver a salir al mundo exterior, reinventarse, renacer y vivir. Se levantó algo culpable por no haber abierto esa mañana la tienda, era una irresponsabilidad. Aprovechó para ponerse a limpiar un poco y empezar la comida, mientras iba repasando su inventario mentalmente y repartiendo ya las cosas. Al final, se entretuvo tanto que ni se dio cuenta de la hora que era hasta que él entró por la puerta. Se saludaron con el beso de rigor automático de todos los días, le dejó cambiarse y darse una ducha mientras servía la comida, tal como hacía él todos los días con la cena. Se sentó y respiró hondo intentando calmar la estampida frenética y salvaje que tenía lugar bajo su pecho. Cogió todo el valor y dignidad que pudo reunir y le miró fijamente a los ojos cuando él se sentó frente a ella y empezó a coger los cubiertos.
— ¿Qué tal el día? ¿Mucha gente en la tienda?
— Pues verás...    

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